Misael Escuti Rovira, en la portada del número 446 de la revista Estadio

Los amantes del fútbol reconocen a Misael Escuti Rovira (Copiapó, 20 de diciembre de 1926 – Santiago, 3 de enero de 2005) como una figura deportiva notable del siglo XX. El guardameta, posición que ocupó a lo largo de su carrera futbolística, comenzó su periplo profesional defendiendo el pórtico del Washington Barner, para pasar el año 1944 al Badminton por un breve período, y luego, en 1946 a Colo-Colo, iniciando una relación que duró más de 18 años con el equipo hasta 1964, año en que juega su último partido representando al Albo. Escuti no sólo es recordado por la trayectoria que logró con el equipo blanco y negro, sino también por la actuación que tuvo en el Mundial del año 1962, desarrollado en nuestro país, en el que Chile logró el tercer lugar.

Misael nace en Copiapó y fue el primer hijo de Misael Escuti de la Rivera con Beatriz Rovira Neira, pareja que había contraído matrimonio el 7 de abril de 1926 en esa misma ciudad. Mientras la familia paterna del zaguero había estado asentada en el norte chico por varias generaciones, uniéndose en matrimonio a familias típicas de la zona, descontando un breve paso de los Escuti por la sexta región de nuestro país, su madre había nacido en el sur, en la ciudad de Traiguén. La familia de Beatriz ya llevaba varios años establecida en la Araucanía, específicamente en Nueva Imperial, territorio que estaba presto a recibir a los emprendedores que llegaban de todos los lugares del país en busca de nuevas oportunidades.

Nos concentraremos en la familia de Beatriz Rovira, especialmente en su madre Clementina Neira Medina, quien fuera la abuela del arquero colocolino. Clementina nace en Santa Juana y fue hija de José Tomás Neira Toloza y de María Ramona Medina Medina. Fue bautizada el 31 de mayo de 1883 de 9 meses y 8 días de edad. Al poco tiempo del nacimiento de Clementina, los Neira Medina trasladan su residencia desde el interior de Santa Juana a la recién refundada Nueva Imperial, en la Araucanía. Podemos inferir que el traslado ocurrió en aquel momento porque el nacimiento de Deidamia, la siguiente hermana de Clementina en nacer, fue registrado en el año 1885 en Nueva Imperial. Clementina fue casada a los 15 años, el 3 de marzo de 1898, con el penquista avecindado en la Araucanía José Manuel Rovira, hijo de Manuel Rovira y Juana de la Cruz Sepúlveda, ya fallecidos al momento del evento. Luego del nacimiento de Ana Rebeca en el año 1899, la primera hija de los Rovira Neira, la familia comienza a planificar su establecimiento en la capital chilena, motivado por la contratación de Manuel como contador en una empresa capitalina. Si bien el siguiente hijo en nacer, Tomás Rovira, nace en Santiago en 1900 y muere 20 días después en Valparaíso, Beatriz Isabel nace en Traiguén el 26 de agosto de 1901. El establecimiento definitivo en Santiago se da en la primera década del siglo XX, donde nacen Jaime, Victoria y Joaquín Rovira Neira, entre otros. Lamentablemente, Clementina fallece joven de casi 30 años el 14 de abril de 1912 en la Santiago. Anecdóticamente, ese mismo día, pero al otro lado del mundo, el transatlántico Titanic golpeaba el iceberg que terminó por sellar su destino fatal.

Podemos rastrear a los antecesores de Clementina por varias generaciones en el pueblo de Santa Juana, llegando a los antiguos pobladores que habitaban al abrigo y refugio del fuerte que existía en la villa, y en donde varios de los ancestros de estas familias prestaron sus servicios militares en la milicia del pueblo o en la carrera militar. Sus padres José Tomás Neira y María Ramona Medina se habían casado el 3 de abril de 1871, ambos profundamente emparentados y de familias ampliamente conectadas. José Tomás era hijo de Pedro José Neira González y de Leonor Toloza Delgado, mientras que María Ramona era hija de Juan Antonio Medina Delgado y de Manuela Medina Fernández. Estas familias, que además de estar emparentadas, también fueron unidas no sólo a través de este matrimonio. José Hermógenes Neira, uno de los hermanos de José Tomás, fue casado el 28 de septiembre de 1883 con una de las hermanas de María Ramona, de nombre María del Pilar Medina. Otro de los hermanos, José Fidel Neira, fue casado en primeras nupcias el 17 de junio de 1872 con Ambrosia Domitila Toloza, hija de María del Carmen Medina, media hermana de Leonor. Estos hermanos no sólo coincidieron en unir sus vidas junto a mujeres de una misma familia, sino también asentaron sus familias, descendencias y posesiones en Nueva Imperial y sus alrededores. Las tierras al sur de la frontera que alguna vez representó el río Bío-Bío, también fueron el destino de otra hermana de José Tomás, nos referimos a Olimpia Prosperina Neira quien una vez que enviuda de Santiago Salas Cuevas en 1911, se traslada a Temuco donde toma posesión de unos predios que su esposo fallecido había rematado en las nuevas tierras hijueladas.

José Tomás Neira nace en algún momento del año 1848 en Culenco, lugar ubicado entre Santa Juana y Nacimiento, y como ya lo mencionamos, fue hijo de Pedro José Neira y de Leonor Toloza. Adherente al Partido Radical desde su juventud, en el año 1884 su espíritu emprendedor le hace trasladarse desde Culenco junto con sus primeros hijos que había tenido con su esposa María Ramona Medina, hacia Nueva Imperial. Prestigioso vecino desde que llegó a su nueva vecindad, ocupó varios puestos públicos administrativos y judiciales, como Inspector, Subdelegado, Oficial del Registro Civil, miembro de la Municipalidad y Alcalde. Pero lo más interesante de resaltar de la figura de José Tomás, es su espiritualidad. Fue uno de los firmantes de la primera acta que se levantó en Nueva Imperial cuando se inició la obra evangélica metodista en aquel lugar. Tan profundo era su compromiso con el evangelismo metodista, que ofreció el salón más grande de su casa en el pueblo para la celebración de las reuniones y cultos, cultos que fueron celebrados en ese lugar durante muchos años y muchas veces oficiados por el predicador de origen español Juan Canut de Bon, quien es considerado uno de los primeros en difundir en nuestro país el mensaje protestante que culminó en la fundación de diversas iglesias evangélicas. Si bien José Tomás tenía establecidos sus principales intereses en Nueva Imperial, aún mantenía propiedades y viñedos en Culenco, en el departamento de Nacimiento, estancias que visitaba todos los años terminando el verano, en el período de las cosechas. Fue en una de estas visitas anuales en la que José Tomás perdió la vida asesinado por un tiro de bala, el 24 de abril de 1897. Estando en la casa donde estaba alojado mientras duraba su visita, oyó la noticia que uno de los vecinos estaba siendo asaltado por una horda de bandidos. Con el ánimo de auxiliarlo, tomó rumbo hacia esta casa junto a su pariente y tocayo Tomás Benavente Medina (hijo de Pedro José Benavente y de Teresa Medina Toloza), pero, lamentablemente, ambos fueron alcanzados en el camino por los asaltantes quienes les arrebataron sus vidas. El deceso de José Tomás fue ampliamente lamentado en Nueva Imperial y sus alrededores y por quienes veían en él un ejemplo de moral y rectitud.

Pedro José Neira, el padre de José Tomás, le sobrevivió un par de años. Nace alrededor de 1818 en Santa Juana y fallece en el mismo lugar el 20 de mayo de 1900. Fue casado con Leonor Toloza Delgado, quien había nacido por el año 1825 y fallecido el 24 de agosto de 1887, ambos eventos ocurridos en Santa Juana, también. Tanto Pedro José como Leonor tenían abuelos y bisabuelos que habían tenido formación militar, prestando sus servicios en el fuerte del pueblo a través de distintas formas. Antonio Neira – además de engendrar junto a María Hidalgo a Justo Neira Hidalgo (fallecido el 31 de agosto de 1867 de más de 85 años), quien fuera el padre de Pedro José – aparece como subteniente en la plaza de Santa Juana en la revista que realizó el maestre de campo Salvador Cabrito, el 31 de mayo de 1769. En esta misma revista aparece como miliciano Eusebio Toloza, bisabuelo de Leonor. Eusebio fue padre Pablo Toloza Tinedo, abuelo de Leonor, quien es mencionado varias veces en los relatos de las desgracias vividas durante el período de las montoneras y de la Guerra a Muerte, vivido durante la última parte de las luchas por la independencia, ya que ocupó el cargo de Teniente de Milicias (mención que hace su esposa Juana María Medina Fonseca – cuyo padre, Francisco Medina, también es mencionado en la revista – al testar en el 6 de enero de 1837). Nombrado también en la matrícula de Salvador Cabrito, es el cabo primero Jerónimo Delgado, cuya nieta Manuela Salgado (hija natural de Catalina Delgado Santander) fue casada en segundas nupcias con José Ignacio Toloza (hijo de Pablo Toloza Tinedo), los cuales fueron los padres de Leonor. A pesar de lo relevante de los datos anteriores, la información que se tiene de Reymundo González, abuelo de Pedro José, nos parece muy importante de relevar.

Reymundo González nació aproximadamente en el año 1754 en el fuerte de Santa Juana. Fueron sus padres José González y Luisa Villagrán. El 16 de agosto de 1772, con 18 años, comienza a servir en el Cuerpo de Dragones de la Frontera, como soldado en la Cuarta Compañía. En 1789 es acreedor, junto a otros, del primer premio por el tiempo de servicio que llevaba en el ejército. Además del premio, que consistía en un aumento de seis reales de plata mensuales sobre las prestaciones que ya cobraba, el legajo que se conserva hasta el día de hoy, nos entrega una breve descripción de la apariencia de Reymundo, cuando tenía 18 años y entro a servir al Cuerpo. Se menciona que Reymundo era de «estatura cinco pies, sus señales son pelo negro ojos pardos, color trigueño un lunar sobre la ceja del ojo izquierdo«, lo que nos permite, el día de hoy después de más de 200 años, imaginarnos su apariencia. ¿Algún parecido con Misael Escuti? Reymundo se casa con María Carrasco y son los padres de María del Pilar González (fallecida el 20 de noviembre de 1870 de más de 90 años), abuela de Pedro José.

Volviendo, la madre de Clementina, como ya lo hemos definido, fue María Ramona Medina, quien a través de su madre Manuela Medina Fernández (Santa Juana, 1821 – Nueva Imperial, 31 de mayo de 1894), era nieta de Mariano Medina Fonseca, cuya casa sirvió para recepcionar el correo en la época de las revueltas independentistas. Manuela también era hija de Bernarda Fernández Arratia (testa en Culenco, el 14 de noviembre de 1832 ante Ramón Guzmán), quien a su vez era hija de Ambrosio Fernández y de Bernarda Arratia (sepultada en Santa Juana el 8 de junio de 1842, con entierro alto rezado). Ambrosio también sirvió al fuerte de Santa Juana siendo Capitán de Amigos durante fines del siglo XVIII. El que ostentaba este cargo, servía de interlocutor entre las autoridades coloniales en los pueblos fronterizos con los indígenas que habitan a su alrededor, produciendo una comunicación fluida mediada por este intérprete para mantener la paz en las distintas localidades próximas a la Frontera. María Ramona, a través de su padre Juan Antonio Medina, compartía muchos de los ancestros de su esposo José Tomás Neira, como el miliciano Francisco Medina o el cabo primero Jerónimo Delgado. Las dispensas matrimoniales por impedimentos de consanguinidad son la tónica en estos pueblos pequeños, un fenómeno inevitable cuando existen pocas familias dentro del contexto territorial, y donde también no existe la voluntad de abrir el espectro familiar.

La ancestría de este ídolo deportivo de nuevas y viejas generaciones, es representada por un espectro que abarca familias a lo largo del territorio nacional. Ya hemos revisado que por su lado paterno sus distintas familias fueron muy importantes en el norte de nuestro país (para más detalle, revisar la biografía del poeta Ramón Luis Escuti Orrego, abuelo de Misael, entrar aquí). Y por el lado materno, y por sobre todo su abuela materna, su genealogía se adentra en la antigua Frontera en la actual región del Bío-Bío por varias generaciones, moviéndose conforme la historia de nuestro país también iba mutando. Así como los antecedentes genealógicos de Misael son variopintos y van representando los distintos momentos históricos, los nuestros también lo son y finalmente el análisis de esta diversidad que se va reuniendo en nosotros nos permite ir configurando nuestra identidad de la mano de nuestro acervo familiar.

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